La democracia solo tiene sentido si los poderosos son controlados

Por: Teresa Consuelo Cardona.

Las dictaduras suelen presentarse como gobiernos que vienen a poner orden en las calles, en las instituciones y en la sociedad. Y mucha gente, cansada del caos, puede terminar creyendo que eso es exactamente lo que necesita. Pero el orden no es bueno simplemente porque sea orden. Hay que mirar quién lo impone, para quién funciona y a quién protege.

Una cosa es el Estado de derecho y otra muy distinta un Estado donde manda una élite que no acepta controles. Si los jueces no pueden investigar, si los periodistas no pueden preguntar, si el Congreso se convierte en una comisión de aplauso del gobierno y si la gente tiene miedo de protestar, ¿quién vigila a los que mandan?

Si esa élite está mezclada con intereses mafiosos, el problema ya no es solamente que haya delincuentes afuera del Estado. El problema es que algunos delincuentes pueden empezar a usar el Estado para funcionar.

El narcotráfico necesita territorios y rutas. El lavado necesita que alguien facilite las cosas. El despojo necesita documentos y funcionarios. El asesinato y la tortura necesitan silencio. Y todo eso necesita una cosa por encima de cualquier otra: impunidad.

Por ello aparecen los sobornos, los favores, las amenazas, los funcionarios comprados y las instituciones que dejan de mirar donde deberían mirar. Y desde el poder se sigue hablando de orden, seguridad y mano dura.

Por eso me preocupa tanto esa idea, cada vez más repetida, de que para acabar con el crimen hay que darle al gobierno más poder y quitarle los controles. Es exactamente al contrario de lo que deberíamos hacer. Si alguien quiere gobernar sin jueces que lo contradigan, sin periodistas que lo investiguen y sin ciudadanos que puedan reclamar, es obvio que el gobierno no es fuerte sino autoritario. Y siéndolo ¿qué piensa hacer con todo ese poder cuando nadie pueda detenerlo?

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La democracia no es perfecta por sí sola. Se fortalece garantizando lo que la interroga como el derecho a la protesta, el ejercicio pleno de la prensa, la existencia de la oposición, el trabajo de los jueces que frenan decisiones y las voces de los ciudadanos que dicen que no. Eso no es necesariamente desorden. Es simplemente el precio de que el poder tenga límites.

Una dictadura puede conseguir que todo parezca tranquilo. Pero una sociedad silenciosa no necesariamente es una sociedad segura y en paz. Es probable que sea una sociedad asustada.

Si el poder no se somete a la ley y a la Constitución, el crimen se siente escondido, protegido, e inmune. La sociedad en su conjunto está en grave peligro si los mafiosos ya no tienen que esconderse del Estado, porque consiguen acomodarse detrás o dentro de él.

Tomado de: «Libre Pensador» https://nabusimake3.blogspot.com/

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